Hubo una época en que me acostaba a las 10 de la noche y a las 2am seguía con los ojos abiertos. Me levantaba a revisar si había apagado el horno. Volvía a la cama. Mi cabeza empezaba a repasar todo lo que había dicho mal ese día, todo lo que tenía pendiente, todo lo que podía salir mal mañana.
Probé melatonina, manzanilla, lavanda en la almohada, meditaciones de YouTube, quitarme el móvil. Algunas cosas ayudaban un poco. Pero nada duraba.
Fue hasta que entendí qué le pasaba a mi sistema nervioso —no con palabras de médico, sino de verdad— que las cosas cambiaron. No de golpe. Poco a poco. Pero cambiaron.
Escribí esta guía para la mujer que yo era: inteligente, funcional, que no quería pastillas, pero que ya estaba harta de no dormir.


